Araceli se llamaba

Leyendo al amigo Matías he recordado a la señorita Araceli, una de las profesoras que tuve en Secundaria, y tiene su mérito porque soy malísima para recordar nombres propios.

La señorita Araceli debía andar por los sesenta y tantos años, aunque pensando... a lo mejor era más joven porque yo tenía unos 14-15 años, y los de veinte ya eran muy mayores. Era la profesora de Religión pero también una javeriana: algo así como una monja vestida de civil. Desde muy niña he tenido problemas con los oídos: de audición (más ahora) pero sobre todo de gravedad; de hecho tengo trepanación en ambos y como sólo los más mayores puede que sepan de qué hablo, diré que la trepanación es una operación quirúrgica que se realizaba años ha. Bien, vamos a lo que vamos (la explicación era forzada por lo que viene a continuación).

Mis padres, a principio de cada curso, hablaban con la directora del centro para que recordara e indicara a los profes, que la niña (yo) tenía que sentarse en las primeras bancadas porque si no no oía. En aquellas épocas el orden para sentarse en clase era el alfabético por apellido... y a mí me correspondía al final del todo. De ahí el "recordatorio" paterno anual. Con lo cual todos los profesores (las clases eran de una hora según la materia y con un maestro distinto cada vez) eran avisados de mi problema.

La señorita Araceli era de la antigua usanza: tenía la mano muy larga y acostumbraba a dar un manotazo (en realidad era una santa ostia -sin hache- en la cabeza) cuando alguien hacía, según su criterio, lo que no debía. Hay que añadir que el instituto era solamente para chicas... porque los chicos eran el pecado (recordemos que eran monjas sin hábito).

Pues bien, una mañana dos de mis compañeras, sentadas tras de mí, se pusieron a hablar por lo bajini; yo me reí mientras volvía mi cara hacia ellas y zassss, guantazo que me encontré. Ni siquiera sabía que tenía al monstruo de las galletas tan cerca. Lo malo fue que al haber iniciado movimiento, la bofetada fue directamente a la zona de la oreja. No se puede describir el dolor que sentí (incluso ahora, escribiendo, me ha dado un escalofrío). Me eché la mano a la oreja... y vi que tenía sangre... me salía del oído. Asustada le dije a la señorita que tenía que ir al aseo a limpiarme y vi cómo levantaba la mano porque según dijo después "le estaba contestando". Mentira, pero lo dijo.

Conforme vi que levantaba la mano me volví, cogí mi silla (silla con brazo ancho para que escribiéramos a tipo de mesa... y que pesaba una vergüenza) y la levanté por encima de mi cabeza al tiempo que le decía: "como me vuelva a pegar se la rompo en la cabeza". Supongo que mi tono y mi cara decían a gritos que era capaz de hacerlo. Y jamás, jamás, jamás he sido una persona violenta. A todo eso, aunque en esos momentos no fui consciente, mi oído seguía sangrando y estaba manchando la blusa ya. Si hubiera habido móviles, seguro que todo el mundo habría grabado aquellas imágenes.

Ni qué decir el susto de mis padres cuando llegué a casa con toda la sangre encima. Me llevaron de urgencia a mi otorrino quien diagnosticó que tenía una fisura interna debida al golpe. Hay que tener en cuenta que mis oídos, entonces y aún ahora, son muy delicados; incluso un simple resfriado me complica enormemente la vida.

Mis padres fueron a la directora del centro a exponer su queja; es de las pocas veces que he visto a mi padre tan enfadado, sobre todo porque estaban avisados en el instituto del problema que había conmigo; eso sin contar con que me había pegado y ya entonces se empezaba a vislumbrar que eso no estaba bien... Y ya el colmo fue cuando "la dire" les comunicó que me iban a expulsar por falta gravísima.

El caso es que lo que se encontraron fue con que la señorita Araceli había dado ya su versión del altercado, y ésta no coincidía en absoluto con la mía... salvo por mi levantada de silla, hecho que las dos contábamos... pero con matices. Ella relataba que me había reñido porque no prestaba atención en clase en repetidas ocasiones, y que en una de esas regañinas yo me volví violenta y levanté la silla para tirársela; pero ni me había pegado ni nada por el estilo. Quizás estaría bien añadir en este momento que los guantazos de la susodicha era de los que te marcaban la cara con sus cinco dedos... y no bromeo, por lo que no me los plantó sólo a mí. Ante mi insistencia en que todo eso, contado así, era mentira y alegando que preguntaran a mis compañeros, fueron llamados... y éramos cuarenta en la clase!. Salvo cuatro, todos contaron lo mismo que yo (siempre hay cuatro que quieren hacer la pelota), pero aún así y como medida disciplinaria me prohibieron ir a clase de Religión durante una semana. Y eso me cabreó aún más porque era injusto: yo no había hecho nada, así que me auto-infringí mi propio castigo: era febrero y no volví a clase de Religión el resto del curso. ¡¡¡A tomar por culo!!!. Mis padres se enteraron de mi decisión cuando en junio llevé un rotundo "cero" en Religión... y eso que era siempre de "diez" porque memoría, en aquel entonces, tenía un auténtico memorión.

Al año siguiente y no sé la razón, había otra profesora de Religión. Muchos años después supe de casualidad que la señorita Araceli había muerto; no me alegré... pero casi. Es de esas personas que no recuerdo con cariño, no ya por lo que me hizo (que también) si no porque cuando te haces mayor te das cuenta que lo único que le interesaba era que nos aprendiéramos de carrerilla nombres y fechas. Y eso no es enseñar.


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Mercedes Milá y su obsesión por el peso

Empezaré haciendo una declaración de intenciones: el respeto no es solamente hablar de usted a alguien, como tampoco la sinceridad es decir todo lo que se te ocurra sin ningún tipo de filtro. Es algo que la gente equivoca.

Mercedes Milá fue una gran periodista, eso es indiscutible; y sí, he dicho "fue" porque todos recordamos sus arriesgadas entrevistas cuando era joven, y que le valieron el prestigio con el que cuenta hoy. Pero Milá ha cometido a lo largo de su vida, errores, algunos muy graves... al menos según mi opinión. Como presentar durante años "Gran Hermano".

Pero es que últimamente parece empecinada en la salud de los demás, algo que no me parece mal sobre todo por la plataforma de popularidad con que cuenta: siempre es de agradecer que alguien, con el altavoz de las audiencias en la mano, intente enseñar al que no sabe pero... con el precio justo o lo que es lo mismo sin pasarse.

Yo soy una de esas personas con un sobrepeso que roza ya la obesidad, en parte por la medicación y en parte por el cansancio (consecuencia:vida sedentaria) que produce la tiroides. Y no siempre quien tiene ese problema es porque come mucho o porque no se cuida o porque es un desorganizado culinario. Por eso que alguien, alegando a su tremenda sinceridad, me llamara gorda... sería un insulto, sin más. Sí, ya sé que me estarían diciendo algo real... pero me haría daño porque no necesito que nadie me diga que tengo sobrepeso; ya lo sé por mí misma, y más si añado que durante toda mi vida y comiendo lo que me ha dado la gana, he pesado siempre 40-42 kilos. Incluso siendo joven y durante años pesé 36-38 kilos. Con lo que está claro que he sido "de raza" delgada.

Pero luego llegan cosas: la edad en parte, el dejar de fumar, la menopausia... el cáncer y sus consecuencias... Yo hace casi seis años era una persona completamente sana, muy vital y que además tenía a su cargo a mi madre con alzheimer. De pronto, de un día para otro, todo se torció y ahora soy apenas una sombra de lo que era. Pero todo eso y más no da derecho a nadie a decirme ni lo que soy físicamente ni cómo se me ve. Lo sé perfectamente. Y estoy más que harta de esos "sinceros" que se creen en posesión de una verdad absoluta (que no existe), y que si los demás actuáramos como ellos, veríamos cómo reaccionarían. Porque al igual que no me gusta mi gordura, tampoco me gusta la delgadez de, por ejemplo, Mercedes Milá; si yo parezco un tonel, ella a lo mejor a mis ojos parece una uva pasa con ojos. Si todos hacemos nuestra y enarbolamos la supuesta bandera de una sinceridad mal entendida, posiblemente en muy poco tiempo salir a la calle se convierta en toda una odisea, porque muchos andarán pegando tiros contra los que no piensen como ellos.

No es una cuestión de ser hipócritas, si no de respetar que el de enfrente puede tener razones o explicaciones QUE NO TIENE POR QUÉ CONTARTE.

Hace muy poco Mercedes Milá soltó, sin venir a cuento y porque un señor criticó un libro que además no era ni de la presentadora, que el hombre era gordo. Fue en un programa de televisión y el señor en cuestión era y es un catedrático. Es decir, a Milá le molestó la crítica y como respuesta fue que el hombre tenía que leer el libro en cuestión porque su cuerpo hablaba de que no lo había leído. Hace menos y también en una entrevista donde la presentadora que preguntaba a Milá tenía y tiene obesidad... también se refirió directamente a su peso. ¿Tiene Mercedes Milá una obsesión por el peso ajeno?. No lo sé pero parece que sí. Ella habla de salud, que repito está muy bien; yo hablo de respeto y sobre todo de empatía, pero sobre todo de respeto.

Me molesta la gente que sale a la vida con una vara de medir a los demás; me molesta la gente que trata de incultos a quienes no han leído un libro en su vida; me molesta y mucho quienes creen que la vida tiene un solo camino y es el que ellos están andando.

Y que conste que Mercedes Milá me cae bien, a pesar (y sí, es un aviso) de que no entiendo cómo una persona que se considera a sí misma culta... puede ser tan supersticiosa.


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De todo en la cesta

Esta mañana he tenido que ir a consulta de un especialista. Andan buscando algo que no me cuentan, y eso me tiene...

Reconozco que no me gustan demasiado los médicos de mucha edad. Sé que tienen más experiencia, mucha más sabiduría y todas las tablas del mundo, pero la mayoría (y por desgracia les he padecido) se han quedado anclados en un tiempo que la medicina, y sobre todo los pacientes, no podemos ni debemos padecer. Por esa razón siempre digo que me gustan los médicos jóvenes, no necesariamente recién salidos de la facultad (porque en esa rama la inexperiencia total sí es un problema). Así que cuando tengo que ir a un nuevo especialista siempre me alegro cuando compruebo que es "de mediana edad"... vamos, entre treinta y cuarenta y alguno.

La de esta mañana era una doctora (también es una alegría cuando veo que las mujeres llegan a todas partes, o casi) de treintaytantos. Todo ha ido bien hasta que ha empezado a resumir su opinión médica y a tomar decisiones. Y digo lo que digo porque al final, cuando ya he salido de la consulta, lo he hecho disgustada. Resulta que lo que andan buscando no era de su competencia pero... ante los fuertes dolores que estoy teniendo... me ha recetado un calmante... de por vida; un calmante consistente en una sola cápsula... mensual.

Y mira que le he insistido, porque no comprendía -y no comprendo- por qué, si me deriva a otro especialista (lo cual implicará más pruebas y más miedos), y según la doctora no hay nada por lo que preocuparse... ¿para qué narices me manda un calmante?. Sí, ya sé que tengo dolores pero... ¿no es muy atrevida?. Porque no es mi oncóloga.

No sé si es que últimamente tengo la paciencia agotada (que la tengo), o que me ha pillado muy harta de tanto médico y tanto hospital, y que por tanto algún matiz se me ha escapado, pero como además lo que me ha recetado debe ser una especie de bomba (una sola pastilla al mes)... pues no sé si tomármela o no. ¿Consultar a mi oncólogo?. Sí, pero hasta octubre no lo tengo y es muy complicado hablar con él (por algo está considerado el mejor especialista de cáncer del hospital... y para demostrarlo... aquí estoy yo a un mes de cumplir los seis años ya).

Y lo que no entiendo tampoco es: si no tengo nada... ¿por qué me duele tantísimo la columna?. Misterio misterioso.

En fin, me la tendré que tomar (la pastilla) ahora, esperar no estallar como una galaxia y como me sienta mejor... se termina la duda.

¿Que por qué cuento cosas como esta en un blog, cuando son tan personales y no interesan a nadie?. Porque es mi blog y porque a lo mejor, sólo a lo mejor... necesito contarlo para aclarar ideas. Y ya como razón subliminal y poderosa: porque mi gato y mi perra ahora mismo están durmiendo y no es cosa de despertarlos, angelitos.


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Hoy hace 13 años

No son doce más uno (lo siento por los supersticiosos, pero no), son trece espléndidos años que no han sido precisamente un camino fácil. Tal día como hoy pero en el año 2004 decidí abrir mi primera web. Se llamó como este blog, "Chesana" pero durante muy poco tiempo porque enseguida cambié su nombre por el de "El rincón de Chesana"... Ambos nombres después de tantos años, siguen abiertos y vigentes aunque en otro formato.

En aquel entonces hacía seis meses que había conseguido comprar mi segundo ordenador. El primero que tuve era de segunda mano y no tenía ni conexión a Internet. El segundo fue nuevo y con todo un mundo virtual por descubrir.

Ese primer "Chesana" y que luego fue durante muchos años "El rincón de Chesana" fue como ya he dicho una página, una web, hecha a mano cuando los blogs prácticamente ni existían (aunque parezca difícil de creer), y con cada gif, con cada botoncito, con cada colorín... buscado, modificado incluso, y puesto después de probar, y probar, y probar... Ahora en cualquier blog o incluso página, todo es cuestión de copiar-pegar y poco más. Entonces había que buscar y mucho, pero sobre todo llenarse de paciencia porque no había dónde preguntar. Lo que no olvidaré es la satisfacción cada vez que conseguía que algo saliera bien o simplemente funcionara.

Recuerdo, por citar algo, cuando conseguí que el "signo Virgo" (que está ahora en todos mis blogs) girara... porque era una imagen estática. También recuerdo (aunque aún me produce cierto coraje) la primera vez que lo vi en otro lugar porque alguien lo cogió y copió, sin más. Pero bueno, eso también es parte de Internet...

Ahora escribes en Google "El rincón", sin añadir nada más, y salen tropecientos; durante muchos años (y no exagero) ponías eso mismo... y salía mi web. Y eso para alguien que ni había estudiado nada de informática, ni tenía ningún conocimiento, era de un orgullo difícil de explicar. Porque, repito: no era un blog en el que si quieres te lo dan casi todo en cuanto a estética y funcionalidad; era una página donde partías de cero completamente. Es decir: te daban un alojamiento, totalmente vacío, y donde podías subir archivos, fotos, muñequitos, botones, etc.; y luego tú tenías que saber a qué y cómo darle la visibilidad.

Posiblemente no se entienda mucho visto con los ojos de hoy, pero aunque hubo un tremendo trabajo personal, es una de las cosas con las que me he más orgullosa.

En Internet aparece una página estática (que pinchando en sus enlaces no lleva a ninguna parte), de color azul oscuro, -muy cutre, eso lo reconozco- y que una de esas webs que copian a otros para tener tráfico duplicó, en la que se muestra la que fue esa mi primera web. No la puedo eliminar porque esa copia no es más que eso: un duplicado de la mía, y quien la puso ahí no existe ya, por lo que tampoco puedo contactarles. Pero ahí está Google: sin borrarla desde entonces y queriendo que yo demuestra que el lugar de su alojamiento es mío. La pescadilla que se muerde la cola. Pero bueno: cuando la miro me da mucha ternura.

Así que 13 años ya de vida virtual, con muchos cambios, con muchas idas y venidas, con mucha vida mientras tanto, pero a pesar de todo... Chesana y su rincón siguen vivos. Algo que me hace feliz. En cuanto se haga de día y a pesar de que no debo... voy a comprar un pastelito y a cantarme el cumpleaños feliz.



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Con cara de sorpresa

El otro día estaba viendo en televisión una cadena donde todo es cocina, una pasión que me llegó muy muy tarde pero que actualmente disfruto mucho en cuanto a su proceso. Y en ese menester de mirar y aprender, había en pantalla uno de esos cocineros con cierto renombre, enseñando al personal cómo hacer unas lentejas (no quiero risas, eran lentejas de andar por casa)... o eso decía él porque lo que le ponía... como que no. Pero como siempre digo: para gustos los colores.

El caso es que mientras andaba el hombre en los fogones, contó que el plato de ese día le recordaba a su abuela, con las lentejas sobre la mesa, y mirando que estuvieran libres de piedrecitas y cualquier otra cosa que no debieran tener; dicho mejor: limpiándolas antes de ponerlas a cocer. Y me quedé sorprendida, muy sorprendida, porque insistió un par de veces más en la evocadora imagen de su abuela, algo que ya le escuché con anterioridad en otro programa de otro día.

Con la curiosidad puesta me vine al ordenador a buscar la edad del cocinero. Luego se entenderá por qué. El personaje está rozando la cincuentena.

Si pudiera decirle algo le comentaría que se ha pasado bastante. Me explico: yo tengo ya una edad, pero ni empujando podría ser la abuela de este señor. Y yo he limpiado lentejas tal y como él lo explicaba. Porque mi madre a la hora de cocinar, echaba de su cocina a todo bicho viviente, por eso precisamente yo nunca supe cocinar hasta que hace pocos años me encontré, de golpe, con un montón de problemas y tuve que aprender muchas cosas sin apenas tiempo y sin nadie a quien preguntar; pero mi progenitora sí me llamaba cuando había que fregar los platos, mover las migas de pan o limpiar lentejas. Yo era una niña, eso es cierto, pero como ya he dicho, no podría ni queriendo tener un nieto de casi cincuenta años. Por eso lo que este cocinero contaba me "chocó" tanto, porque han pasado muchos años pero... no era la edad de piedra.

Es como el otro día y el mismo sujeto habló de las sopas de ajo, un plato que según él hacían los antiguos, dando a entender que las cocinaban en leña porque entonces por no haber no había ni luz. Hombre, un pelín exagerado me parece. Mis padres muchas noches, sobre todo en invierno, cenaban sopas de ajo... porque les gustaban y porque a lo mejor no había mucho más; pero prometo que cuando salías a la calle no había dinosaurios. Que con medio siglo a las espaldas no se puede hablar de la centuria pasada como si fuera la prehistoria. Digo yo.

Que sí, que hemos progresado y que ahora lo tenemos todo más fácil (o casi todo), pero solamente hay que tirar una generación menos para encontrar en según qué cosas diferencias brutales entre lo que era y lo que es. Remontarse más atrás, en ocasiones, es exagerado y más cuando no se es ya un chaval.

Hay veces, y en eso noto que me voy haciendo mayor, en que el culto casi enfermizo a la juventud, me molesta por lo insistente. Porque eso, la juventud, al igual que el acné... se pasa. Vaya si se pasa.


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Cogiendo carrerilla

Llevo días que encadeno una jaqueca con otra, así que ni tengo ganas de escribir, ni de hacer nada. El caso es que hace un rato y con los problemas de visión que a mí al menos me dan las migrañas, me ha dado por mirar unas carpetas virtuales que tenía guardadas. Y me he quedado hasta un pelín impresionada de mí misma (sonrío). Es tremendo ver, con el tiempo por enmedio y la distancia también estorbando, lo que una y otros escribíamos hace años y en momentos en que algunas cosas eran importantes... o eso nos parecían. Pero no quiero hablar de nadie, que me conozco. Hablaré de la menda aunque alguien me tachará de egocéntrica (allá cada cual con su rollo de etiquetas).

Madre del amor hermoso. Hay incluso textos en los que ni me reconozco, yo, tan sensata y sesuda generalmente, en plan pasional pero hasta dar risa. Y sobre todo leyendo sentimientos a borbotones hacia personas que en su día eran mi centro, mi eje... mi todo. ¡Qué equivocados solemos estar cuando dejamos que el corazón sea dueño y señor de nuestra vida!. Y qué razón tienen los que dicen que el tiempo pone a todo el mundo en su sitio. Pero una de las cosas que más me ha sorprendido es ver las mentiras que una persona (y no era yo), puede llegar a decir para lograr su objetivo (que sí era yo). Y no es que esos otros sean más altos, más guapos, más rubios y con más dinero... no... es que saben mentir como verdaderos farsantes. Y por si alguien se equivoca: no es cuestión de ser más inteligente o no; la cosa no va de eso, si no de gente que se monta su propia mentira en la vida y a continuación te la cuenta, y claro, resulta creíble porque el mentiroso es el primero que se lo cree.

En serio, si alguien tiene cosas guardadas y ha conseguido llegar al punto que no duelen... que las revise, porque ese tiempo y distancia de la que hablaba al principio, impresiona al releer. Y diré algo más: leído con los ojos y la mente de hoy, de ahora... te das cuenta que incluso había "avisos", detalles que si te hubieras fijado habrías sido capaz de darte cuenta que la balsa hacía agua por pequeñísimos agujeros. Pero es lo que tiene enamorarse: que te vuelve más tonto que pichote.

Y leyendo como estaba, iba hilvanando con recuerdos que ni sabía estaban en el disco duro de mi dolida cabeza; es tremendo: todo iba cuadrando como si de un puzzle se tratara. Y la pregunta surge enseguida: "¿cómo no me di cuenta". Pero no te la das. Y caes en la trampa. Más de una vez. Incluso con distintas personas. De pena.

Así que llegados a ese punto solamente queda un camino, una senda que recorrer: la de dejar espacio libre. La de borrar, la de eliminar. La de mandar al cementerio del más puro olvido todos esos escritos, propios y ajenos, porque no merecen ni siquiera una sonrisa. ¿El motivo?. Tan sencillo que resulta apabullante: la basura nunca hay que almacenarla.

Y como acabo de acordarme mientras escribía, mañana si mi cabeza lo permite, voy a tirar/borrar/eliminar unas fotos que tengo también guardadas no sé si en un antiguo cd o dvd o algo de eso y que ni recordaba. Es lo que tiene empezar a hacer limpieza: que hasta le coges gusto y todo.


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Cuando la tontería se sublimina

Entiendo que la gente que tiene dinero, mucho dinero, se vuelva majara con su clasicismo, con su sibaritismo incluso, pero lo que no comprendo es que se vuelvan tontos y que nos tomaran por lo mismo. Y digo todo eso porque ahora mismo estoy viendo un programa que es lo más de lo más... de la tontería subliminal elevada al cubo... y porque no se me ocurre nada más alto, que conste.

La cosa va de ir a un restaurante de esos a los que jamás iremos los mortales normales, y de los que posiblemente cuando salgas de ellos tengas que ir a comerte un bocadillo porque estás muerto de hambre. Y lo que digo sucede en realidad y no en mundos lejanos.

Pero el que me ocupa ahora es el más de lo más. Acaban de servirle al presentador que habla y nos lo cuenta, un puerro bañado en agua hervida y tierra. Sí, tierra de la que la mayoría tenemos en cualquier maceta, y un puerro de los del cajón de verduras de la nevera. Bueno pues los ojos en blanco se le han puesto al susodicho al probar la exquisitez. Y de segundo plato, un trozo de ternera (no un filete si no un trozo) al que se le ha hecho una corteza con cenizas del volcán noséqué; la carne toda ensangrentada al cortarla (que yo no me la como ni aunque me paguen)... y de nuevo los ojos en blanco. Y de postre un vaso de vino normal (del tinto de toda la vida) que han reducido a fuerza de estar media hora al fuego y al que luego le han puesto una gotita de café (una gotita que lo he visto yo). Bueno, pues ese postre era... era... de nuevo los ojos del susodicho en blanco.

O se ha tomado, al llegar al hotel, un bollo (o dos) mojado en leche (por el hambre que debía traer el hombre), o se ha metido directamente al baño por la diarrea que tenía (la tierra, la carne no echa, el vino de postre...)

Es como el otro día que leí, y aún me estoy riendo, la historia de unos chavales que para celebrar no recuerdo qué, contaban que se habían ido a comer (aquí en España) a uno de esos restaurantes de dos estrellas Michelín, y que cuando salieron después de probar, entre otras exquisiteces, una aceituna rebozada (palabrita del Niño Jesús que les sirvieron eso), se fueron a un asador porque estaban muertos de hambre... y casi sin dinero por la factura que les presentaron.

Y luego ves programas de esos en los que las mujeres ya muy mayores hacen pucheros con los que antiguamente sus madres y abuelas alimentaban a toda una hambrienta familia, y piensas que eso es cocina y sabiduría y no lo que hacen esos "estrellas Michelin".

Esta tarde he visto en televisión hacer una "pipirrana" que de pronto recordé que yo la he comido de muy pequeña; cuento la receta (la que he visto) por su grandeza: tomates partidos a trozos algo grandes, cebolla también troceada, ajos picados, aceite sin pasarse, sal y perejil; todo puesto en una cacerola de barro grande (o sea: todo en cantidad para varios comensales); se revuelve bien. Y se le echa agua hasta casi cubrir. Se vuelve a remover... y a mojar pan. Por si alguien no lo ha entendido: como se ponía el aceite justito justito (porque era muy caro)... se añadía agua... para que luego hubiera para mojar... En mi casa, eso sí, -mi madre tenía el punto de ser "diferente" y darle importancia a los platos- esa comida única se ponía en platos individuales. Y no es broma lo que voy a decir, pero hasta esta tarde no he sabido que no todo lo que mojábamos no era aceite de oliva...


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Manda huevos

En Alicante y con el nuevo gobierno del ayuntamiento (mediante un acuerdo entre tres partidos políticos) se decidió en lo que va de año, cambiar 46 nombres de calles. El motivo alegado era que, acogiéndose a la Ley de la Memoria Histórica, y sobre todo a la voluntad de los alicantinos, no tiene sentido mantener ciertos nombres que se colocaron en la posguerra, sobre todo por un afán (hecho conocido por quienes ya tenemos una edad) de castigo hacia una ciudad que se resistió hasta el final hacia quienes habían quebrado la democracia. De hecho Alicante fue la última capital de provincia que cayó ante quienes luego fueron dictadura durante cuarenta años. Castigo que luego apoyaron y aprobaron, ya en democracia, los distintos alcaldes y concejales del Partido Popular que fueron relevándose en dicho ayuntamiento.

Pues bien, desde que se ha iniciado ese cambio de nombres, ha surgido la polémica porque unos cuantos se han levantado airados, protestando; y a tal punto ha llegado la cosa que ha tenido que intervenir un juez paralizando esos cambios hasta "estudiar el problema".

Pero es que ahora además se ha rizado el rizo del absurdo, cuando un nieto de José Calvo Sotelo ha denunciado al ayuntamiento alicantino alegando que no sólo el hecho de quitar el nombre de su abuelo a una céntrica plaza de la ciudad agrede su memoria, si no que encima va contra él mismo (el nieto) porque atenta contra su prestigio personal (???) y el de su familia. Y añade que su abuelo además merece seguir teniendo esa plaza porque "fue un parlamentario de la Segunda República". Veamos a groso modo quién era el personaje en cuestión.

José Calvo Sotelo nació en Galicia y murió en Madrid, con lo que ni siquiera nació en Alicante o su provincia. Fue ministro de Hacienda durante la dictadura de Primo de Rivera. Estuvo exiliado para evitar ser juzgado precisamente por haber formado parte del gobierno de dicha dictadura; se incorporó a su escaño después de una amnistía en 1934. Desde ese 1934 a 1936 son conocidos sus vigorosas intervenciones parlamentarias reclamando al gobierno republicano que impusiera orden en las calles (según alegaba, las ciudades eran un caos por los alborotos...) y que para ello se diera el mando al ejército (!!!). El 13 de julio de 1936 fue detenido en su domicilio y posteriormente asesinado por un grupo compuesto por fuerzas de seguridad. Su muerte decidió a Franco -indeciso estaba- de unirse al golpe de estado que propició la guerra civil española. Ya en la dictadura franquista fue nombrado "Protomártir de la Cruzada".

Los alicantinos de toda la vida llamamos a la plaza de Calvo Sotelo: antes la plaza de Galerías Preciados y actualmente la plaza del Corte Inglés. Los más "allegados" al antiguo régimen la llaman la plaza de la cruz de los caídos, porque hasta hace unos años había allí una enorme cruz con ese nombre. Personalmente no conozco a nadie que la haya llamado nunca "de Calvo Sotelo". Eso para empezar.

Y por otro lado no entiendo bien (digámoslo así) lo del prestigio familiar y personal de quien ha denunciado al ayuntamiento. Quizás es que yo lo del prestigio lo entiendo de otra manera. De todos modos se ha querido cambiar el nombre de dicha plaza "quitando a un santo para vestir a otro", por lo que no termino de ver qué está mal (y no, no estoy siendo cínica...). El ayuntamiento le había puesto el nombre de Puerta de San Francisco (Porta de Sant Francesc), primer nombre que tuvo.

Yo, si tuviera un abuelo famoso por algo y le quitaran de una calle, pondría su placa en el comedor de mi casa; a fin de cuentas el que yo estuviera orgullosa sería una cuestión privada entre él y yo, ¿no?.

Se me olvidaba: la decisión del ayuntamiento de cambiar nombres (la ya citada, la de la División Azul, la del general Primo de Rivera, la de José Antonio y así hasta 46) fue consensuada con personalidades de peso en la cultura y en la historia de la capital, con la Universidad de Alicante y con las asociaciones vecinales.

Esperemos que esta vez la ley sea justa.



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Hoy es el día

Hoy es el día en que puedes empezar a dormir por las noches de nuevo sin despertarte llorando a cuento de nada; sin que tu mundo se tambalee constantemente aunque no quieras.

Nadie que no pase por ello entenderá nunca nada por mucho que trates de explicárselo, porque las respuestas siempre serán las mismas: que no pienses en ello, que te distraigas, que no seas tan obsesiva. Como si todo eso dependiera de tu voluntad. Como si fuera tan fácil. Como si el estar haciendo la cena, por ejemplo, y de pronto romperte fuera porque quieres. Qué difícil es encontrar empatía en esos momentos... sobre todo si te sientes tremendamente sola... hasta el punto de tener que contárselo a un blog...

Porque lo cierto es que no le importas a nadie. Así de claro. Así de fuerte.

Hoy es el día. Tu día. Dentro de pocas horas se te puede romper de nuevo la vida y solamente tú sabes que no es una exageración.

Vamos a por ello. No queda otra. Estoy harta de pasar por esto.

Es una crueldad que nadie merece vivir.


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Cosas que nunca conté

Hay cosas que nunca nadie cuenta, que nunca he visto escritas en otros sitios; no sé si la cosa es el desconocimiento o que se ocultan... me inclino a pensar que más de lo primero... a nivel de calle, claro.

¿Tú sabías que cuando cumples unas edades -no tan avanzadas- y vas a Urgencias de cualquier hospital... te desahucian?. Lo diré de otra manera: no te aplican ningún tratamiento para la dolencia que presentes... porque eres muy mayor. Y no hablo de cirugía, si no de tratamientos. Pondré algún ejemplo.

Mi madre tenía entonces unos 82-83 años. Ya tenía alzheimer. Le daban con cierta frecuencia unos ataques que nadie (médicos, claro) sabían a qué achacar; de hecho le llegaron a dar cinco en poco más de un mes; ataques en los que se convulsionaba toda entera. No era epilepsia; simplemente no sabían qué era. Y en una de esas... le dio un infarto de miocardio. Yo no había visto nunca uno en la familia, pero por lecturas lo reconocí: llamé al 112, pedí una ambulancia y un médico; la llevamos a Urgencias y allí después de examinarla y preguntarme, el médico me dijo que no se podía hacer nada, que lo tenía que superar (o no) por sí misma ya que no se le podía aplicar tratamiento alguno... porque no lo superaría debido a la edad. Recuerdo que me quedé mirando fijamente al médico sin creer lo que me estaba diciendo. Pero no terminó ahí la cosa.

En ese mismo momento me comentó (el galeno) que además era el segundo infarto que mi madre padecía. Instintivamente pensé que había cogido un historial equivocado y así se lo dije; me confirmó que no, que era el de mi madre... que había tenido su primer infarto en quirófano mientras la operaban de la primera caída con cadera fracturada, algo así como 3 ó 4 años antes. Recuerdo que aquella vez tardaron muchísimo en pasarla a la habitación, e incluso yo pregunté en un par de ocasiones si ocurría algo por la excesiva tardanza (la sala de espera del quirófano se fue quedando vacía... conmigo sola. Cuatro años más tarde me di cuenta del por qué de aquella tardanza. Se me ocultó ese hecho... y no había ninguna posibilidad, ninguna, de que se lo hubieran dicho a alguien más... no había nadie.

¿Es lícito ocultarle al pariente más cercano que su familiar ha sufrido un infarto en plena operación?.

Total, que aquel supuesto primer infarto era en realidad el segundo. Y encima era "muy mayor". Así que me la tenía que llevar, como estaba, a mi casa. Me rompí y el médico terminó abrazándome sin saber cómo consolarme. La mandaron a otro hospital, durante cinco días... para que yo pudiera descansar algo... y porque se podía morir en cualquier momento. De hecho, no sé cuáles fueron las instrucciones del traslado pero en la habitación donde colocaron a mi madre había otra cama vacía, en la que yo me recosté durante esas larguísimas noches. No todo fue tan malo. Mi madre, fuerte como solamente aquellas mujeres lo eran, superó ese infarto... a base únicamente de sueros y antibióticos... y volvimos a casa.

Los ataques eran provocados por un medicamento que años más tardes descubrieron que como efecto secundario provocaba ictus (!!!!!), y fue retirado. Yo se lo daba, por prescripción médica, tres veces al día.

Total, que si te da un samacurco y tienes más de 80 años, lo tienes (lo tenemos) crudo pero de verdad porque dan por hecho que es inútil aplicar tratamientos médicos. Y lo que he contado no es la primera vez que me pasó. En la segunda fractura de cadera de mi madre, con cabeza del fémur también quebrada, hubo sus más y sus menos entre los médicos y yo porque dudaban si podían operarla o era muy arriesgado... por la edad. A mi abuela paterna, con 86 años y también por fractura de cadera, se negaron a operarla... murió el día que se cumplía un mes de aquella caída.

Es decir: como pasados los 80 tengas un problema de salud... lo siento pero no se puede hacer nada... es lo que te dicen.

Entiendo que hay cosas que implican riesgos importantes, pero creo que no se puede dejar morir a alguien solamente porque sea muy mayor, o sencillamente porque haya muchos riesgos en una cirugía. En la última operación de cáncer que tuvo mi padre, y ya en quirófano, salió el médico diciendo que no lo operaba, que estaba muy mal y que no le operaba. Mi madre tuvo que firmar varios documentos para que si pasaba algo el equipo médico no fuera responsable de nada. Y aún con todo aquello firmado, intentó convencernos, gorro mascarilla y guantes puestos, que lo mejor era que nos lo lleváramos a casa (repito: mi padre ya en la sala del quirófano, con una hemorragia interna bestial y con dolores). Recuerdo que mi madre no paraba de llorar y era yo quien escuchaba y preguntaba al médico. Cuando ya se fue (a intentar salvar a mi padre), tuve que llamar a una enfermera porque a mi madre le "estaba dando algo".

¿Que dónde estaba el hijo de su madre?. A 15 minutos de allí en todas las ocasiones, en su casa, tocando la pandereta. Como siempre.

He de aclarar que mi madre superó sus dos infartos, sus dos fracturas de cadera, su alzheimer no porque eso es más puñetero, pero que vivió muchos años más, hasta los 90. Murió en el 2014. Nunca se enteró que su hija tenía cáncer, de lo que me alegro... aunque no sé si le hubiera importado... sé que no se me entiende (o se me entiende mal), pero tampoco voy a explicarme más.

Mi padre superó su aquella cuarta operación, pero murió cuatro meses después, a los 67. Era 1989.

Es complicado pensar, y vuelvo al quid de la cuestión, que te desahucien sencillamente porque ya eres muy mayor. Da igual cuál sea el problema. Eres ya muy mayor para todo... vete a tu casa.


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